En este sitio hallarán los programas correspondientes a los cursos 2012 / 2011 / 2010 de Literatura a cargo de la Prof. Carmen Ramírez, además de apuntes y consignas de trabajo. LICEO PEDRO L. IPUCHE de Santa Clara de Olimar y LICEO ENRIQUE ALZUGARAY de Cerro Chato.
Ayuden a que el sitio mejore y crezca aportando sus comentarios, participando. GRACIAS

miércoles, 9 de junio de 2010

Para 3er año NO OYES LADRAR LOS PERROS (Cuento)

No oyes ladrar a los perros
(El Llano en llamas, 1953)


—Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte.
—No se ve nada.
—Ya debemos estar cerca.
—Sí, pero no se oye nada.
—Mira bien.
—No se ve nada.
—Pobre de ti, Ignacio.
La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante.
La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda.
—Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio.
—Sí, pero no veo rastro de nada.
—Me estoy cansando.
—Bájame.
El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quería sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de su hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda. Y así lo había traído desde entonces.
—¿Cómo te sientes?
—Mal.
Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le agarraba a su hijo el temblor por las sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja. Él apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba:
—¿Te duele mucho?
—Algo —contestaba él.
Primero le había dicho: "Apéame aquí... Déjame aquí... Vete tú solo. Yo te alcanzaré mañana o en cuanto me reponga un poco." Se lo había dicho como cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía. Allí estaba la luna. Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra.
—No veo ya por dónde voy —decía él.
Pero nadie le contestaba.
E1 otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo.
—¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien.
Y el otro se quedaba callado.
Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se enderezaba para volver a tropezar de nuevo.
—Este no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme qué ves, tú que vas allá arriba, Ignacio?
—Bájame, padre.
—¿Te sientes mal?
—Sí
—Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide. Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él. Te he traído cargando desde hace horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes sean.
Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a enderezarse.
—Te llevaré a Tonaya.
—Bájame.
Su voz se hizo quedita, apenas murmurada:
—Quiero acostarme un rato.
—Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado.
La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo, mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente, ya que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo.
—Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos, no usted. Comenzando porque a usted no le debo más que puras dificultades, puras mortificaciones, puras vergüenzas.
Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el sudor seco, volvía a sudar.
—Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso... Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: “¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!” Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente... Y gente buena. Y si no, allí esta mi compadre Tranquilino. El que lo bautizó a usted. El que le dio su nombre. A él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde entonces dije: “Ese no puede ser mi hijo.”
—Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá arriba, porque yo me siento sordo.
—No veo nada.
—Peor para ti, Ignacio.
—Tengo sed.
—¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír.
—Dame agua.
—Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me ayudaría a subirte otra vez y yo solo no puedo.
—Tengo mucha sed y mucho sueño.
—Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces.
Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza... Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas.
Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolo de un lado para otro. Y le pareció que la cabeza; allá arriba, se sacudía como si sollozara.
Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas.
—¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece que en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve? Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos. Pero ellos no tenían a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: “No tenemos a quién darle nuestra lástima”. ¿Pero usted, Ignacio?

Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo la impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las corvas se le doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejaván, se recostó sobre el pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado.
Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.
—¿Y tú no los oías, Ignacio? —dijo—. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza.

Juan Rulfo
(México, 1918-1986)




sábado, 5 de junio de 2010

CUESTIONARIO PARA 4to AÑO

Este es el cuestionario que forma parte del trabajo sobre el Prólogo al Romancero, realizado por el Prof. Jorge Albistur. Recuerden que el trabajo consta de DOS partes: la primera está formada por el cuestionario y la segunda por el análisis de los romances del Cerco de Zamora (romances 12 y 13)

CUESTIONARIO
  1. ¿Cuál es el origen de la palabra ROMANCE?
  2. ¿Cómo se explica el surgimiento del octosílabo como métrica propia del romance?
  3. ¿Cómo surge el Romancero?
  4. ¿Cuál es el vínculo entre los romances y los Cantares de Gesta?
  5. ¿Por qué el autor afirma que "No ha de creerse,naturalmente" que el etronque delos romances "con la primitiva epopeya garantiza la historicidad del Romancero"?
  6. ¿Cuál es la importancia atribuída a los romances en relación a la época en la cual surgen?
  7. ¿Por qué el gusto por lo suntuoso aparece como característica delos romances?
  8. ¿Cómo se explica y en qué consiste lo que el autor llama "Uso aparentemente caprichoso de los tiempos verbales?
  9. Explique el recurso que el autor llama CONTAMINACIÓN.
  10. ¿Qué época literaria posterior a la Edad Media reivindicó el Romancero, defendiendo su valor histórico-literario?

Este trabajo tendrá valor de escrito y podrá ser realizado en grupos de HASTA cuatro estudiantes.

lunes, 24 de mayo de 2010

LLAMADO A ALUMNOS DE 5TO Y 6TO




La consigna es la siguiente: todo aquel alumno de 5to 0 6to año que consiga realizar un análisis profundo y reflexivo de este poema, donde también se incluyan elementos de análisis formal (recursos), recibirá la calificación de 12, porque realizar un trabajo de esta naturaleza significaría que han llegado a la madurez como estudiantes de la asignatura.
ADVERTENCIA: es 12 o nada

ÍTACA
Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca
debes rogar que el viaje sea largo,
lleno de peripecias, lleno de experiencias.
No has de temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes,
ni la cólera del airado Poseidón.
Nunca tales monstruos hallarás en tu ruta
si tu pensamiento es elevado, si una exquisita
emoción penetra en tu alma y en tu cuerpo.
Los lestrigones y los cíclopes
y el feroz Poseidón no podrán encontrarte
si tú no los llevas ya dentro, en tu alma,
si tu alma no los conjura ante ti.
Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas.
Que puedas detenerte en los mercados de Fenicia,
y comprar unas bellas mercancías:
madreperlas, coral, ébano, y ámbar,
y perfumes placenteros de mil clases.
Acude a muchas ciudades del Egipto
para aprender, y aprender de quienes saben.
Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:
llegar allí, he aquí tu destino.
Mas no hagas con prisas tu camino;
mejor será que dure muchos años,
y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,
rico de cuanto habrás ganado en el camino.
No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ella, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte.
Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado.
Y siendo ya tan viejo, con tanta experiencia,
sin duda sabrás ya qué significan las Ítacas.

CONSTANTINOS KAVAFIS


Por. Carmen Ramírez

ANUNCIO PARA 5TO AÑO

El escrito queda fijado para el jueves 3 dejunio a 1ra y 2da. El temario es el ya acordado:
  • epica griega
  • las epopeyas (qué son)
  • Las epopeyas homéricas
  • PAIDEIA de Werner Jäeger (conceptos dados en clase)
  • LA ILÍADA: análisis de los cantos I y XXII

martes, 4 de mayo de 2010

Para 6to año (Acerca de Ray Bradbury)




Un siglo de papel en llamas

En 1953, después que la segunda guerra mundial terminara con los totalitarismos de Italia, Alemania y Japón abriendo el ominosos período del terror atómico, un escritor estadounidense de Illinois, llamado Ray Bradbury, escribió una impresionante novela titulada Fahrenheit 451; el título hace referencia a la temperatura a la que arde el papel.
Bradbury, mal clasificado a veces como escritor de ciencia ficción, es uno de los poetas más poderosos que haya conocido la literatura del siglo XX. En su mejor momento, además, fue un pensador interesante, un agudo intérprete de los hechos sociales de su tiempo y un fabulador genial, capaz de proyectarse hacia un futuro previsible y dibujar sus preocupantes contornos. Con los años se convirtió en un viejo conformista e instalado, de inesperados rasgos fascistoides, racista y homófobo; casi en una contradicción de sí mismo.
El autor de esta nota lo entrevistó en 1988 para el diario El País de Madrid, y salió de la lujuriosa casa del escritor en Santa Mónica con una sensación muy similar a la que sienten los niños cuando se les ha revelado que los Reyes Magos no existen.
Pero en 1953 el joven Bradbury era un poeta vigoroso, un intelectual lúcido y sanamente crítico. Y todo ello se manifestó en su memorable Fahrenheit 451. El autor imaginó un futuro indeterminado en el cual los Estados Unidos se había transformado-curioso empleo de los tiempos verbales; el futuro se evoca en pasado- en una sociedad totalitaria e hipercontrolada, sometida al peligro de una tercera y definitiva guerra mundial. Las casas eran incombustibles, por lo cual los incendios no existían hacía años. Sin embargo, los bomberos se hallaban en plena actividad. Su nueva función era la de quemar libros, cuya posesión por los particulares estaba prohibida. Cuando la policía secreta descubría una biblioteca clandestina, llamaba a los bomberos, los que de inmediato acudía y quemaban la casa subversiva con todos sus elementos.
La vida cultural estaba regida por el Estado a través de la radio y una televisión interactiva omnipresente, cuya pantalla ocupaba toda la pared. En realidad, cada ciudadano podía tener hasta las cuatro paredes de una habitación cubiertas con pantallas televisivas, y el sueño de toda familia de clase media era “ tener la cuarta pared”. Desde la televisión, siempre encendida, los locutores y actores se metía en la realidad del hogar, hablaban directamente con las amas de casa y los niños y emitía un mensaje estupidizante y banal. Había elecciones, por supuesto, pero sólo entre dos candidatos, uno de los cuales era siempre claramente preferible al otro (“Hasta los nombres ayudan-dice la esposa del protagonista en un momento- . Comparen Winston Noble con Hubert Hoag durante diez segundos y ya pueden imaginar el resultado”). Cada movimiento de cada ciudadano estaba férreamente controlado por el Estado policial, que se valía de la tecnología de vanguardia y no dejaba prácticamente resquicio a la disidencia. Los delincuente o fugitivos eran perseguidos por un terrible sabueso mecánico que identificaba a la víctima por la composición química de su cuerpo; cuando lo alcanzaba, le inyectaba una jeringa con procaína inmediatamente mortal.
En este panorama, surgirá y se desarrollará un rebelde, en este caso un bombero llamado Guy Montag. Casado con una mujer alienada y absurda, vive en una felicidad ignorante hasta que, una noche, un encuentro casual con una adolescente sensible y extraña le mueve todo el piso; la chica le hace ver que, después de todo, hay rocío en la hierba de la mañana. Poco tiempo después Montag tiene que quemar una biblioteca y la dueña de casa se hace quemar junto a la misma. Casi por casualidad, llega, en esa horrible velada, a leer una frase en uno de los libros que quema: “El tiempo se ha dormido a la luz de la tarde”. Esas palabras, casi sin sentido para un hombre criado en una cultura sin belleza, le provocan una fuerte conmoción interior, comienza a cuestionarse toda su vida y, por fin, en otro procedimiento, se roba un libro.

Mirad los lirios del campo
Montag lee el libro que ha sustraído (que es nada menos que la Biblia) en el tren neumático en el que viaja de regreso a su casa después del trabajo. La escena es una pieza literaria magistral:
“Bajó la vista y vio que llevaba la Biblia abierta . Había gente en el tren de succión, pero apretó el libro entre las manos y se le ocurrió de pronto aquella idea tonta : si lees con suficiente rapidez, y lo lees todo, quizá quede en el tamiz algo de arena (...). Apretó el libro entre sus puños.
Se oyó el sonido de unas trompetas.
-El dentífrico Denham ....
Cállate- pensó Montag-. Mirad los lirios del campo, cállate, cállate ...
-¡Dentífrico!
Montag abrió bien el libro, alisó las páginas y las tocó como si fuese ciego, siguiendo las formas de las letras, sin parpadear.
-¡Denham! Se deletrea: D-E-N ...
Ellos no trabajan ni ...
El murmullo de la arena caliente a través de un tamiz vacío.
-¡Denham lo hace!
Mirad los lirios, los lirios, los lirios ...
-El detergente dental Denham.
-¡Cállate, cállate, cállate!
Fue un ruego, un grito tan terrible que Montag se puso de pie. Los sorprendidos pasajeros lo miraban fijamente, se apartaban de ese hombre de cara hastiada, de boca seca, que farfullaba algo incomprensible (...) La radio del tren vomitó a trozos sobre Montag una enorme carga de música de latón, cobre, plata, cromo y bronce. La gente era triturada hasta la sumisión; no escapaban, no había a dónde escapar; el tren neumático hundía su cabeza en la tierra”.

Montag termina por romper definitivamente con su entorno, se roba libros y los lee, es denunciado por su propia mujer, se le obliga a quemar su popia casa, se rebela y quema a su jefe, huye, el régimen pone al sabueso mecánico tras sus huellas y conmina a la gente a que abra al mismo tiempo todas las puertas y mire para afuera: “El fugitivo no podrá escapar si todos miran en el próximo minuto”. Por fin, se le hace ver, por televisión, su propia ejecución, una simple realidad virtual que engaña y tranquiliza a la gente. El bombero rebelde llega, por fin, a encontrarse con una comunidad de anacoretas que viven fuera de la ciudad, todavía beben café y memorizan libros; cada uno de ellos es un libro que debe contar de memoria a otro más joven, palabra por palabra, antes de morir. La narración termina con el estallido de la guerra atómica:
“-¡Mire!- gritó Montag.
Y la guerra comenzó y terminó en ese instante. La guerra sólo había sido el rápido susurro de una guadaña. (...) Montag vio el enorme puño de metal que se había alzado sobre la ciudad lejana y supo que enseguida oiría el chillido de las turbinas. El chillido diría, luego del acto: desintegraos, que no quede piedra sobre piedra. Pereced. Morid.
Montag sostuvo las bombas en el cielo durante un único momento. (...) La expresión golpeó el aire sobre el río, derribó a los hombres como una fila de piezas de dominó, alzó el agua en cortinas de espuma, alzó el polvo e hizo que los árboles se quejaran agitados por un viento que pasaba hacia el sur. (...) En ese instante vio la ciudad, en vez de las bombas, en el cielo. Se habían desplazado mutuamente. (...) Y luego la ciudad giró sobre sí misma y cayó, muerta
El sonido de esa muerte llegó más tarde”.
El espléndido delirio de Bradbury termina con un toque de optimismo, con los superviviente- libros ambulantes- marchando hacia un horizonte de reconstrucción.

El árbol de la vida
Hace casi medio siglo que Ray Bradbury escribió su hoy clásica novela. Se tradujo a todos los idiomas, se leyó a través de tres generaciones y se realizó de la misma una aceptable adaptación cinematográfica dirigida por Francois Truffaut. Más allá de sus extraordinarios méritos literarios, cabe preguntarse por las razones de ese impacto.
Los sueños que acunaron el inicio del siglo XX se deshicieron pronto. Si el siglo XVIII fue el de la razón y el XIX el del sentimiento, era de prever que el siglo XX fuera el del equilibrio, la serenidad, la justicia y la sabiduría. En vez de ello, fue el siglo del caos, la destrucción masiva, la tiranía y el odio.
Los aspectos más negros del sueño literario de Ray Bradbury se confirmaron en la convulsa realidad del mundo, antes y después de Fahrenheit 451. Hubo regímenes totalitarios, de derechas y de izquierdas (como si la libertad admitiera manos o tránsitos preferenciales), caudillos carismáticos capaces de llevar a sus pueblos a la catástrofe, como hiciera el señor Winston Noble (se llamaron Mussolini, Stalin, Franco, Ceaucescu, Videla, Idi Amín y un etcétera demasiado largo), ciudades que volaron por los aires (como Hiroshima y Nagasaki), libros quemados públicamente (durante los primeros años del régimen nazi), escritores y periodistas que fueron asesinados por sus ideas y pueblos enteros exterminados por la intolerancia y el racismo (armenios, judíos). Aún no se conoce el sabueso mecánico con su aguja de procaína, pero las inyecciones letales y el pentotal que arranca al prisionero la última esencia de su verdad se han empleado normalmente por parte de ciertos regímenes dictatoriales. Fahrenheit 451 parece, por momentos, un libro de Anderssen o de Perrault, en comparación con la salvaje realidad.
Pero, afortunadamente, también hubo muchos Montag. La rebeldía y el anhelo de libertad y justicia que le es inherente parece ser un fuego tan crepitante y voraz como el de las hogueras que quemaban libros, absurdo intento de quemar las ideas. La historia de la centuria que está agonizando ha sido también la de los pueblos en lucha contra las dictaduras (y en Uruguay se escribieron algunas bellas páginas al respecto), la de los individuos capaces de arriesgar la vida por sus ideales, la de los artistas e intelectuales capaces de reivindicar el siempre comprometido derecho a pensar, escribir y hablar con libertad. El siglo XX es el de Mi lucha de Hitler, pero también el de Rinocerontes de Ionesco, el de El gran dictador, de Chaplin (donde Montag es un barbero que se parece al tirano de turno), el de 1984 de Orwell y el de Fahrenheit 451.
El siglo XX termina, sin embargo, entre sonrisas; derrotados los fascismos, caídos e históricamente condenados los totalitarismos marxistas, es la hora de la democracia. Claro que subsisten dictaduras, claro que aún hay poblaciones enteras que se mueren de hambre, claro que enfermedades como el sida dibujan una improbable-pero no imposible- extinción de la especie humana, claro que hay mucha gente preocupada por la desatención al equilibrio ecológico y el agujero de la capa de ozono. Pero este panorama, comparado con el de hace veinte años, es claramente favorable.
Sin embargo, la terrible profecía de Ray Bradbury no ha sido barrida totalmente por los huracanes de la Historia. No sólo porque la tentación totalitaria subsiste y, como otra Ave Fénix ominosa e inmortal, renace siempre de sus propias cenizas, sino porque hay elementos autoritarios fuertemente enquistados aún en el corazón mismo de las democracias. Es como si la libertad guardase, en su esencia última, su propia negación dialéctica.
Hoy los bomberos no queman libros, pero el hábito de la lectura está en retroceso y mucha gente compra libros para ornar los modulares de su living, escogiéndolos por su tamaño y color. Los medios audiovisuales gozan de estatutos de libertad, pero en la práctica cumplen una función uniformizadora y alienante muy similar a la de las cuatro paredes de la premonición de Bradbury. Los sistemas jurídicos garantizan la igualdad de derechos entre todos los seres humanos, pero en las sociedades más evolucionadas del planeta resurge, pujante, la hidra del racismo y la xenofobia, así como otras formas de intolerancia religiosa e ideológica. El ser humano vive más que nunca y tiene a disposición medios materiales de insólita sofisticación para que su existencia sea más placentera, pero, al mismo tiempo, se ve sumido en una vorágine de consumo y productividad que lo hace poderosamente infeliz. La sociedad industrial ha alcanzado cotas inimaginables de desarrollo en beneficio de la especie, pero, paralelamente, ha puesto sobre el tapete el gran tema de la destrucción del planeta, o, al menos, su habitabilidad. Los ciudadanos, como apuntara con clarividencia Erich Fromm, tienen miedo de usar la libertad y prefieren a veces ampararse en la tutela del Estad, de la religión, del caudillo o de la ideología, que les dicen lo que tienen que hacer y les evitan la incómoda disyuntiva de pensar y tomar decisiones. Por último, el peligro atómico parece hoy en día remoto e improbable, pero lo cierto es que muchas naciones disponen de medios de destrucción jamás imaginados, y esos medios pueden caer en manos de demagogos sin escrúpulos. La posibilidad de que un día estallemos en pedazos no ha desaparecido.
De vez en cuando viene bien evocar los versos de Calderón:
“¿Qué es la vida? Una ilusión
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño.
Que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son”

Una de las imágenes poéticas más fuertes es la que identifica la vida, ese impulso breve y misterioso, con una sombra. Reflejo de algún objeto lejano e indiferente, la sombra adquiere, incluso en el susurro oscuro de la fonética castellana, una realidad propia, autónoma, sugestiva e inquietante. Exactamente igual que los sueños, esos sueños que Calderón identificara con las ilusiones y con la propia vida.
El sombrío relato de Ray Bradbury está ahí , enhiesto sobre el horizonte. Es, aunque no lo parezca, una gran parte del sueño universal de fraternidad, libertad y paz que la especie humana persigue desde tiempos que se pierden en la memoria de los siglos. A tropezones y con terribles retrocesos, esa criatura ávida y ambiciosa que es el Hombre parece avanzar hacia la materialización, sin duda parcial pero inapreciable, de ese sueño ancestral.
“Y del otro lado del río se alzaba el Arbol de la Vida, con doce clases de frutos, y daba sus frutos todos los meses. Y las hojas del árbol eran la salud de las naciones”
Sí, pensó Montag, ese es el fragmento que guardaré para el mediodía. Para el mediodía ... Cuando lleguemos a la ciudad”.
Tal vez algún día, como Montag y sus compañeros transformados en libros ambulantes, seamos capaces de llegar a la ciudad, a esa ciudad acogedora y luminosa en la que nunca, nunca más, arderán los papeles.

Lincoln R. Maiztegui Casas
EL OBSERVADOR
Suplemento LA SEMANA
Sábado 27 de Noviembre de l999

miércoles, 28 de abril de 2010

5to año. ESTRUCTURA DEL CANTO XXII DE "LA ILÍADA"

La composición del canto XXII muestra una estructura circular: comienza con tres discursos atribulados, termina con tres discursos desesperados de los familiares de Héctor y, en medio, una larga muerte.
Estructura (en tres grandes bloques de escenas)
A.Preparativos del combate (versos 1 a 246)
1. Aquiles engañado por Apolo
2. Tres cuadros y tres discursos que “suspenden” la acción.
3. Huída de Héctor y persecución (cortada dos veces por escenas acontecidas en el Olimpo).

B. Bloque central (versos 247 a 404)

1. Combate propiamente dicho
2. Héctor en tierra: súplica y profecía.
3. Los aqueos insultan el cadáver de Héctor.
4. Entonación del peán y retorno de Aquiles, vencedor.
C. Duelo en Troya (versos 404 a 515)
Comprende tres discursos sucesivos: Príamo (padre de Héctor), de Hécuba (madre) y de Andrómaca (esposa).

“En ninguna otra obra épica ocurre que sus héroes principales sean mostrados como aquí Héctor, huyendo aterrorizado, fuera de sí. Y casi no hay héroe en La Ilíada que, junto a su Aristía (momento de esplendor), no tenga también su momento de descorazonamiento, de miedo, de retroceso”
TOMADO DE “HOMERO DE MARIO ÁLVAREZ

miércoles, 21 de abril de 2010

4to año. EL CID




El “Cantar de Mio Cid” es la obra más antigua escrita en lengua castellana que ha llegado a nosotros. Es indudable que no fue este poema el primero de la literatura española, pues tiene unos valores expresivos y un dominio del idioma que sería imposible encontrar en un primer intento literario. Si se lo considera como punto de arranque es justamente porque no se han conservado obras anteriores.
Este Cantar narra las hazañas de Rodrigo Díaz de Vivar, héroe castellano. Habría sido compuesto hacia 1140, sólo unos cuarenta años después de la muerte del Cid (1099). Muchos de los que conocieron al Campeador, e incluso algunos de los personajes que aparecen en el poema, vivirían aún cuando éste comenzó a cantarse en las plazas de las aldeas y en los salones de los castillos. El poeta que lo compuso habría tenido noticia directa de las proezas del héroe. Por todo ello, una de las características del poema es su historicidad. Se ha podido comprobar la existencia real de la mayoría de sus personajes, y las hazañas guerreras que en él se narran son, en lo esencial, históricas.
El manuscrito que ha llegado hasta nosotros fue descubierto por un erudito en el siglo XVIII. Es una copia del primitivo Cantar, hecha en el siglo XIV y en la cual figura el nombre de Per Abbat, que se supone es el copista. El manuscrito que se conserva no está completo: falta una página al comienzo y dos más en el interior del mismo.
No se conoce el nombre del autor del Cantar de Mio Cid, aunque según Menéndez Pidal sería obra de dos autores, uno de San Esteban de Gormaz, que hizo una versión más antigua, y otro de Medinaceli, que refundió el poema y le añadió algunas partes menos ajustadas a la realidad histórica.
Hay que destacar el realismo geográfico del poema. Todas las ciudades mencionadas en él existen y se las sitúa correctamente, si bien se citan muchos más nombres y se describen detalladamente las comarcas próximas a San Esteban de Gormaz y Medinaceli, lugares de origen de los supuestos autores.
“El Cantar de Mio Cid” exalta, a través de su héroe, las virtudes más arraigadas en el pueblo castellano y ése es su principal valor como poema nacional: la fidelidad, el amor familiar, la lealtad al rey, la sobriedad en las costumbres. No es un poema escrito para que el pueblo admire las virtudes del rey y de la nobleza sino que en él el pueblo escoge su héroe y lo representa con las virtudes que le resultan más familiares y entrañables.
El estilo es directo, sobrio y expresivo, con grandes aciertos poéticos a pesar de su sencillez. En la descripción de los personajes en particular se manifiesta el realismo que caracteriza al poema. El Campeador no sólo se nos presenta como guerrero invencible, sino como esposo, padre y compañero, que siente gran afecto por los suyos.
Este cantar se diferencia de la épica francesa por la ausencia de elementos sobrenaturales, la moderación con que se conduce su héroe y la relativa verosimilitud de sus hazañas. Además está muy presente la condición de ascenso social mediante las armas que se producía en las tierras fronterizas con los dominios musulmanes. El propio Cid, siendo un infanzón (hidalgo de escasa categoría social), logra sobreponerse a su humilde condición dentro de la nobleza, alcanzando por su esfuerzo prestigio y riquezas, y finalmente un señorío hereditario (Valencia).
El poeta del Cid es espontáneo y no se atiene a normas para componer sus cantos. Los versos tienen distinta métrica (13, 14, 15, 16 sílabas), y la rima es asonante.
ESTRUCTURA DE LA OBRA. Tres partes bien diferenciadas pueden distinguirse en el poema:
Cantar del destierro. El Cid, acusado de no haber entregado los tributos que había recibido del rey moro de Sevilla, es desterrado de Castilla por Alfonso VI. Sale de Vivar, dejando atrás todas sus posesiones y luego de dejar a su mujer Doña Jimena y a sus hijas en el monasterio de San Pedro de Cardeña, sale de Castilla e inicia las campañas contra los moros.
Cantar de las bodas de las hijas del Cid. El Cid se dirige hacia Valencia, venciendo a los moros en numerosas batallas y logra conquistar esta ciudad. Envía presentes al rey Alfonso y le ruega que le permita a su mujer y a sus hijas reunirse con él, pedido al que el rey accede. Los Infantes de Carrión piden en matrimonio a las hijas del Cid, Doña Elvira y Doña Sol, y el rey intercede para que la boda se realice. El rey, además, otorga públicamente su perdón al Cid, el cual nunca ha dejado de considerarse su vasallo, a pesar de haber sufrido destierro.
Cantar de la afrenta de Corpes. Tras haber dado evidentes muestras de cobardía más de una vez ante el Cid y sus caballeros, los Infantes de Carrión, sintiéndose humillados, deciden vengarse del Campeador. Le piden permiso para volver a Carrión con sus esposas y, durante el viaje (en el robledal de Corpes), los infantes despojan de sus vestidos a las muchachas, las azotan y las abandonan allí. Enterado el Cid de la ofensa, pide justicia al rey. Los guerreros del Cid desafían y vencen a los Infantes de Carrión y, con el proyecto de una nueva boda –esta vez entre las hijas del Cid y los Infantes de Navarra y Aragón- termina el poema.
Se puede decir que el TEMA del Cantar del Mio Cid es la honra del héroe.